"Yo sólo quito lo que sobra, la estatua ya está ahí". Miguel Ángel Buonarroti.
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lunes, 29 de abril de 2013
Sesiones de afectividad
Sesiones de afectividad
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lunes, 18 de marzo de 2013
Jaimito y su trabajo
Jaimito y su trabajo:
Esta es la historia de cualquier estudiante al que le mandan un denso y laborioso trabajo, pero con la supuesta ventaja de tener que entregarlo a largo plazo. Utilicemos a Jaimito, un chaval de unos 16 años, como modelo a la hora de actuar ante esta situación.
Nada más recibir la noticia, nuestro personaje dice: “Buah, quedan 3 meses para entregar la tarea. De momento, ni me lo voy a plantear”. Aparentemente, esto no tiene nada de malo, ya que, con todo el tiempo que tiene por delante, no es necesario que lo haga tan pronto, ¿no?
Pasan los 2 primeros meses y llega el tercero y definitivo. Es entonces cuando Jaimito se acuerda de aquel trabajo tan cansino que tenía que hacer. Se dice para sí: “Bueno venga, hoy lo empiezo”. Sin embargo, cuando llegue a casa, se pone a ver la tele, a merendar, con el móvil... Cualquier cosa, hasta jugar con el perro y su pelota de tenis, es más interesante que empezar el tedioso trabajo.
Al llegar el día siguiente, un sentimiento de culpa comienza a corroerle por dentro: “Hoy sí que sí. Tengo que ponerme con el trabajo por narices (o alguna otra expresión más contundente)”. Sin embargo, ¿qué le pasa al pobre Jaimito cuando vuelve a su casa después de un día de colegio agotador? Sencillamente, no hay ganas. Además, tiene todo el mes para terminarlo. Realmente, no hay prisa.
Con esta cantinela, nuestro protagonista sigue sin hacer el trabajo hasta que llega el final del mes y se le mezcla con unos exámenes de temario amplio. El final de esta historia es demasiado predecible: o bien optará por no hacer el trabajo, o bien hará el trabajo pero no estudiará nada y, por tanto, suspenderá.
Es una situación tan típica, que me atrevería a decir que se produce en todas las clases de todos los colegios. Por ello, es motivo más que suficiente para que nos planteemos la siguiente pregunta: ¿qué habría pasado si Jaimito, en vez de dejarlo todo para el final, hubiese realizado el trabajo poco a poco y desde el primer día, teniendo mucho más tiempo para corregir los fallos que cometiese?

Es muy probable que, al hacerla con tiempo suficiente y sin prisas, la tarea fuese mil veces mejor que la que realmente haría mal y a última hora. Es hora de aplicarse el cuento.
Esta es la historia de cualquier estudiante al que le mandan un denso y laborioso trabajo, pero con la supuesta ventaja de tener que entregarlo a largo plazo. Utilicemos a Jaimito, un chaval de unos 16 años, como modelo a la hora de actuar ante esta situación.
Nada más recibir la noticia, nuestro personaje dice: “Buah, quedan 3 meses para entregar la tarea. De momento, ni me lo voy a plantear”. Aparentemente, esto no tiene nada de malo, ya que, con todo el tiempo que tiene por delante, no es necesario que lo haga tan pronto, ¿no?
Pasan los 2 primeros meses y llega el tercero y definitivo. Es entonces cuando Jaimito se acuerda de aquel trabajo tan cansino que tenía que hacer. Se dice para sí: “Bueno venga, hoy lo empiezo”. Sin embargo, cuando llegue a casa, se pone a ver la tele, a merendar, con el móvil... Cualquier cosa, hasta jugar con el perro y su pelota de tenis, es más interesante que empezar el tedioso trabajo.
Al llegar el día siguiente, un sentimiento de culpa comienza a corroerle por dentro: “Hoy sí que sí. Tengo que ponerme con el trabajo por narices (o alguna otra expresión más contundente)”. Sin embargo, ¿qué le pasa al pobre Jaimito cuando vuelve a su casa después de un día de colegio agotador? Sencillamente, no hay ganas. Además, tiene todo el mes para terminarlo. Realmente, no hay prisa.
Con esta cantinela, nuestro protagonista sigue sin hacer el trabajo hasta que llega el final del mes y se le mezcla con unos exámenes de temario amplio. El final de esta historia es demasiado predecible: o bien optará por no hacer el trabajo, o bien hará el trabajo pero no estudiará nada y, por tanto, suspenderá.
Es una situación tan típica, que me atrevería a decir que se produce en todas las clases de todos los colegios. Por ello, es motivo más que suficiente para que nos planteemos la siguiente pregunta: ¿qué habría pasado si Jaimito, en vez de dejarlo todo para el final, hubiese realizado el trabajo poco a poco y desde el primer día, teniendo mucho más tiempo para corregir los fallos que cometiese?

Es muy probable que, al hacerla con tiempo suficiente y sin prisas, la tarea fuese mil veces mejor que la que realmente haría mal y a última hora. Es hora de aplicarse el cuento.
Por la calle del "después" se llega a la plaza de "nunca". Luis ColomaJorge G.
Sin límites
Sin límites:El fin de semana pasado vi una peli titulada Sin Límites. Trata de un escritor pésimo y drogadicto que sufre de falta de creatividad. En ese momento ocurre algo inesperado: le ofrecen una pastilla un tanto especial. Según dicen, las personas solo aprovechamos el 20% de la capacidad de nuestro cerebro. Pues bien, esta pastilla (llamada NZT) permite exprimir el 100% por un plazo de 24 horas. Es aquí cuando yo me planteo lo siguiente: ¿sería buena la pastilla? Es decir, ¿estaría bien consumir la NZT y aumentar así nuestra capacidad de razonamiento?
Unos estarían a favor, afirmando que así se conseguiría aumentar el rendimiento cerebral hasta límites insospechados. Sería el medio perfecto para crear "superhombres" y para el desarrollo absoluto de la ciencia. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la pastilla tiene un grave inconveniente: crea una gran adicción, y en el momento en que dejas de tomarla, te pones enfermo (jaquecas, vómitos, mareos...) y normalmente mueres. Además, en el hipotético caso de que logres desintoxicarte, nunca volverás a ser el mismo. Esto se debe a que tu cerebro se ha "colapsado", de manera que ya no puedes concentrarte en algo más de 10 minutos.
No obstante, los que estuviesen a favor alegarían que, gracias a la enorme inteligencia obtenida, antes o después vas a ser capaz de mejorar la droga de modo que ya no dependas de ella. Te tomas una, y tiene una duración indefinida.
Pero... ¿y para qué? La NZT hace que seas capaz de conocer todo sobre todo. De este modo, no aprecias lo que sabes, sino que lo usas banalmente. Esto se debe a que, como no has tenido que sufrir para aprender, no valoras el conocimiento que posees.
Una aportación más acerca del consumo de esta pastilla: si todo el mundo la tomase, todo el mundo sería infinitamente inteligente. Así, si todos sabemos absolutamente todo de los demás, la intimidad queda reducida a 0. Es más: si conoces todos los misterios de la vida, ¿qué gracia tiene vivir? Nunca más experimentarías esa sensación de logro al haber conseguido desvelar un gran secreto (científico, filosófico, histórico, etc.) o al haber superado la meta que te habías puesto. De la misma manera, nada sería creativo, ya que, como todo es conocido y sabido por todos, la originalidad no podría existir.
Por último, me gustaría hacerte una pregunta: ¿qué harías tú? ¿Te tomarías la pastilla, o preferirías seguir siendo como eres?
Nadie podrá decir que un nido calentito y dichoso dará de sí muy grandes personas. La inadaptación a lo imperfecto es lo que mejora al hombre. Antonio GalaJorge G.
Intercambio de roles
Intercambio de roles:
Nadie puede afirmar que filosofía no sea la clase en la que hay que darle más al coco. Al terminar una sesión, los alumnos solemos presentar algún que otro síntoma característico: migrañas, náuseas, alguna que otra jaqueca... Hasta es posible que se haya producido alguna que otra noche de insomnio. Bueno, vale, quizá esté que exagere un poco.
Sin embargo, hay un hecho que es irrefutable. Cualquier estudiante que presta atención en clase (uno que atiende, no uno que se duerme) acaba tremendamente desconcertado. Simplemente, es inevitable. Antes o después, sucede. Obviamente, este fenómeno se debe a que la filosofía es la única asignatura en la que realmente se incita al alumno a preguntarse el porqué de las cosas (de ahí las consecuencias tan aparentemente nefastas).
No obstante, me gustaría proponer un cambio de perspectiva. Es decir, estamos considerando el rol del estudiante, pero ¿y si nos fijamos en el punto de vista del profesor? Imagina que tienes un grupo de, pongamos, 25 personas, mirándote fijamente y sin entender ni una palabra de lo que estás diciendo. ¿Cómo te sentirías? Probablemente, te quedarías con la misma cara de tonto que todos esos chicos que están sentados delante de ti.
Si te paras a pensarlo, siempre va a haber más de un punto de vista posible. En cualquier situación, no importa lo rebuscada que sea. De algún modo u otro y por muy imposible que parezca, alguien ve la realidad de un modo completamente distinto a como lo ves tú.
La próxima vez que estés en filosofía y tengas la sensación de que no entiendes ni papa, acuérdate de esta entrada y dale vuelta a las tornas. Trata de imaginarte que eres el profesor y después mira a tus compañeros y sus expresiones faciales. Te aseguro que disfrutarás como un enano.
Nadie puede afirmar que filosofía no sea la clase en la que hay que darle más al coco. Al terminar una sesión, los alumnos solemos presentar algún que otro síntoma característico: migrañas, náuseas, alguna que otra jaqueca... Hasta es posible que se haya producido alguna que otra noche de insomnio. Bueno, vale, quizá esté que exagere un poco.
Sin embargo, hay un hecho que es irrefutable. Cualquier estudiante que presta atención en clase (uno que atiende, no uno que se duerme) acaba tremendamente desconcertado. Simplemente, es inevitable. Antes o después, sucede. Obviamente, este fenómeno se debe a que la filosofía es la única asignatura en la que realmente se incita al alumno a preguntarse el porqué de las cosas (de ahí las consecuencias tan aparentemente nefastas).
No obstante, me gustaría proponer un cambio de perspectiva. Es decir, estamos considerando el rol del estudiante, pero ¿y si nos fijamos en el punto de vista del profesor? Imagina que tienes un grupo de, pongamos, 25 personas, mirándote fijamente y sin entender ni una palabra de lo que estás diciendo. ¿Cómo te sentirías? Probablemente, te quedarías con la misma cara de tonto que todos esos chicos que están sentados delante de ti.
Si te paras a pensarlo, siempre va a haber más de un punto de vista posible. En cualquier situación, no importa lo rebuscada que sea. De algún modo u otro y por muy imposible que parezca, alguien ve la realidad de un modo completamente distinto a como lo ves tú.
La próxima vez que estés en filosofía y tengas la sensación de que no entiendes ni papa, acuérdate de esta entrada y dale vuelta a las tornas. Trata de imaginarte que eres el profesor y después mira a tus compañeros y sus expresiones faciales. Te aseguro que disfrutarás como un enano.
“No solemos considerar como personas de buen sentido sino a los que participan de nuestras opiniones” François de la Rochefoucauld.Jorge G.
La anciana sabia
Desde lejano tiempo se trató de encontrar.
Antiguos pensadores la hubieron de explorar.
Grandes filósofos decían ser,
La mayoría solo llegaban a forofos del saber.
¿Qué decir de la verdad?
Di que su existencia no se puede negar.
Di que la ves en los pájaros con su dulce cantar.
Di que la ves en los niños al oírlos jugar.
¿Qué decir de la verdad?
Di que una ciencia, con su mero nombre,
La honra.
¡Qué decir de la verdad!
“Amor a la verdad, la filosofía es” dicen,
Odio que con mentiras la pulvericen.
Ella no merece este desprecio,
Nunca debería pagarse tan costoso precio.
Muchos escudriñándola encuentran el fracaso,
Capaces no son, se quedan en el ocaso.
Llegará el glorioso día En el cual
Amanezca con todo su esplendor.
No te desanimes,
Sé siempre fiel a tu valiente valor.
Tú la verás, confía en mí viejo amigo.
Te prometo que se cumplirán estas palabras que te digo.
Simplemente, tendrás que esperar.
Aunque, en el mientras,
Te recomiendo no yerres al caminar.
Un último consejo, antes de que me vaya:
La sabiduría está ahí, solo tienes que buscarla.
Si logras descorrer el velo oculto,
Al descubierto quedará todo su fruto.
Jorge G.
Chupilandia
Chupilandia
Imagínate un lugar en el que las personas fuesen siempre amables y agradecidas. Un mundo en el que todos compartiesen con todos. En este sitio hay millones y millones de cosas inimaginables: desde políticos honestos que luchan por su país (y no por su bolsillo) hasta empresarios que, en vez de ponerse la zancadilla unos a otros, se ayudan mutuamente en busca de un fin común. Un mundo en el que no existe la pobreza porque los ricos siempre ayudan a los que más lo necesitan. ¿Acaso no sería precioso vivir en un lugar como este?
Chupilandia. El reino de la Fantasía. Disneyland. Como tú prefieras llamarlo. Lo único malo es... Que este sitio es una utopía y no existe. A decir verdad, lo que hace que sea completamente irrealizable es el orgullo. Es ese querer quedar siempre por encima de los demás a pesar de no tener la razón. También es ese "no te pienso ayudar" tan solo porque has discutido con tu amigo y os habéis enfadado.
Piensa qué pasaría en nuestro planeta si la gente fuese capaz de reconocer sus errores para tratar de progresar. En otras palabras, saber decir un "pues me da que la he cagado" a tiempo, corrigiendo el fallo cometido. Es perfectamente posible que esas personas, tras admitir su equivocación, pidiesen perdón a aquellos a los que han molestado, gritado, ofendido... (Dato curioso: hay tantos verbos de este estilo que la lista podría ser casi infinita... Pero, también hay millones de verbos con un valor positivo: ayudado, amado, apoyado... ¿Con cuáles te quedas, malos o buenos?)
No obstante, es absurdo pensar que esto vaya a ocurrir. Pero... ¿absurdo porque "no se puede", o porque "no se quiere"? ¿Qué sucedería si cada uno pusiésemos nuestro pequeño granito de arena y fuésemos capaces de asumir cada uno de nuestros errores? Obviamente, nuestra mera aportación no va a cambiar el mundo. Pero ¿cambiará NUESTRO mundo? Es decir, ¿ayudará ese cambio en nuestro comportamiento a hacer la vida más fácil a la gente que nos rodea, a nuestros padres, a nuestros amigos, a nuestros colegas, a nuestros compañeros de estudios/trabajo?
Te aconsejo que lo pienses, y si realmente crees que una nueva actitud puede facilitar la existencia a los demás... La decisión es tuya.

Imagínate un lugar en el que las personas fuesen siempre amables y agradecidas. Un mundo en el que todos compartiesen con todos. En este sitio hay millones y millones de cosas inimaginables: desde políticos honestos que luchan por su país (y no por su bolsillo) hasta empresarios que, en vez de ponerse la zancadilla unos a otros, se ayudan mutuamente en busca de un fin común. Un mundo en el que no existe la pobreza porque los ricos siempre ayudan a los que más lo necesitan. ¿Acaso no sería precioso vivir en un lugar como este?
Chupilandia. El reino de la Fantasía. Disneyland. Como tú prefieras llamarlo. Lo único malo es... Que este sitio es una utopía y no existe. A decir verdad, lo que hace que sea completamente irrealizable es el orgullo. Es ese querer quedar siempre por encima de los demás a pesar de no tener la razón. También es ese "no te pienso ayudar" tan solo porque has discutido con tu amigo y os habéis enfadado.
Piensa qué pasaría en nuestro planeta si la gente fuese capaz de reconocer sus errores para tratar de progresar. En otras palabras, saber decir un "pues me da que la he cagado" a tiempo, corrigiendo el fallo cometido. Es perfectamente posible que esas personas, tras admitir su equivocación, pidiesen perdón a aquellos a los que han molestado, gritado, ofendido... (Dato curioso: hay tantos verbos de este estilo que la lista podría ser casi infinita... Pero, también hay millones de verbos con un valor positivo: ayudado, amado, apoyado... ¿Con cuáles te quedas, malos o buenos?)
No obstante, es absurdo pensar que esto vaya a ocurrir. Pero... ¿absurdo porque "no se puede", o porque "no se quiere"? ¿Qué sucedería si cada uno pusiésemos nuestro pequeño granito de arena y fuésemos capaces de asumir cada uno de nuestros errores? Obviamente, nuestra mera aportación no va a cambiar el mundo. Pero ¿cambiará NUESTRO mundo? Es decir, ¿ayudará ese cambio en nuestro comportamiento a hacer la vida más fácil a la gente que nos rodea, a nuestros padres, a nuestros amigos, a nuestros colegas, a nuestros compañeros de estudios/trabajo?
Te aconsejo que lo pienses, y si realmente crees que una nueva actitud puede facilitar la existencia a los demás... La decisión es tuya.
El orgullo engendra al tirano. El orgullo, cuando inútilmente ha llegado a acumular imprudencias y excesos, remontándose sobre el más alto pináculo, se precipita en un abismo de males, del que no hay posibilidad de salir. Sócrates

SE PUEDE TENER POR COMPAÑERA A LA FANTASÍA, PERO SE DEBE TENER COMO GUÍA A LA RAZÓN. SAMUEL JOHNSON.Jorge G.
jueves, 7 de febrero de 2013
¿Es el destino algo real?
¿Es el destino algo real?
Madrid, 19 de enero de 2013. Jaime, un joven de unos 22 años, ha quedado con sus amigos de la facultad de Derecho para pasar una noche legendaria. Lo único malo es que para conseguirlo, necesita drogarse.
Cuando llega al local, a eso de las 22h, ve que la cosa pinta bien: ya están allí todos los invitados a la fiesta de su cumpleaños. Nada más entrar, sus mejores amigos Jorge y Alberto salen a recibirle. Entre toda la gente, consigue vislumbrar a Lucía, su amor secreto.
Jaime empieza con tranquilidad, tan solo unos chupitos de tequila. Sin embargo, comete un error: está un poco deprimido, y para animarse, decide tomar unas cuantas pastillas de éxtasis. Los efectos le parecen inmediatos: un torrente de energía comienza a recorrer sus venas. Se siente realmente eufórico.
Justo en ese momento, Jaime se acuerda de que se había olvidado en casa algo muy especial que tenía preparado para todos sus amigos. Se dirige a Jorge y Alberto y les dice: “¡Whuuuuu! Esta fiesta va a ser alucinante. Voy a mi casa a buscar la mágica sorpresa que os prometí”. Sus mejores amigos, a pesar de saber que Jaime ya no es del todo consciente de sí mismo, no se lo impiden.
Así, Jaime vuelve hasta su coche, el Mercedes que había alquilado para ir a la fiesta. Entonces piensa para sí: “Vamos a probar este cacharro”. Arranca, y comienza a acelerar. 100 km/h. Y a acelerar. 150 km. Y a acelerar hasta que.... ¡Bum! No le da tiempo a frenar, se sale de la curva y, desgraciadamente, tiene un accidente mortal.
Ahora es cuando viene la pregunta: ¿estaba Jaime destinado a morir hoy, día 19? Si tu respuesta es sí, piensa qué habría pasado si él hubiera decidido no ir a esa fiesta, no consumir drogas, o incluso si sus amigos le hubieran impedido salir de aquel local. ¿Estás seguro de que también habría muerto ese día?

Lo único que pretendo con esta reflexión es que todo aquel que lea este artículo se plantee por qué piensa del modo en que lo hace. Si no tienes respuesta a esta pregunta, es que no estás yendo por el buen camino.
Madrid, 19 de enero de 2013. Jaime, un joven de unos 22 años, ha quedado con sus amigos de la facultad de Derecho para pasar una noche legendaria. Lo único malo es que para conseguirlo, necesita drogarse.
Cuando llega al local, a eso de las 22h, ve que la cosa pinta bien: ya están allí todos los invitados a la fiesta de su cumpleaños. Nada más entrar, sus mejores amigos Jorge y Alberto salen a recibirle. Entre toda la gente, consigue vislumbrar a Lucía, su amor secreto.
Jaime empieza con tranquilidad, tan solo unos chupitos de tequila. Sin embargo, comete un error: está un poco deprimido, y para animarse, decide tomar unas cuantas pastillas de éxtasis. Los efectos le parecen inmediatos: un torrente de energía comienza a recorrer sus venas. Se siente realmente eufórico.
Justo en ese momento, Jaime se acuerda de que se había olvidado en casa algo muy especial que tenía preparado para todos sus amigos. Se dirige a Jorge y Alberto y les dice: “¡Whuuuuu! Esta fiesta va a ser alucinante. Voy a mi casa a buscar la mágica sorpresa que os prometí”. Sus mejores amigos, a pesar de saber que Jaime ya no es del todo consciente de sí mismo, no se lo impiden.
Así, Jaime vuelve hasta su coche, el Mercedes que había alquilado para ir a la fiesta. Entonces piensa para sí: “Vamos a probar este cacharro”. Arranca, y comienza a acelerar. 100 km/h. Y a acelerar. 150 km. Y a acelerar hasta que.... ¡Bum! No le da tiempo a frenar, se sale de la curva y, desgraciadamente, tiene un accidente mortal.
Ahora es cuando viene la pregunta: ¿estaba Jaime destinado a morir hoy, día 19? Si tu respuesta es sí, piensa qué habría pasado si él hubiera decidido no ir a esa fiesta, no consumir drogas, o incluso si sus amigos le hubieran impedido salir de aquel local. ¿Estás seguro de que también habría muerto ese día?

Lo único que pretendo con esta reflexión es que todo aquel que lea este artículo se plantee por qué piensa del modo en que lo hace. Si no tienes respuesta a esta pregunta, es que no estás yendo por el buen camino.
“Dueños de sus destinos son los hombres. La culpa, querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nuestros vicios”. William ShakespeareJorge G.
Experimento filosófico
Experimento filosófico:
Objetivo:Cálculo del índice de rallamiento de cabeza y estimación de la capacidad filosófica de un conjunto de sujetos de pruebas. Este grupo pueden ser amig@s, padres y/o hermano(s), etc.
Material a emplear:-Grupo de personas.
-Una pregunta filosófica (que sea lo suficientemente rallante).
-Tiempo, mucho tiempo.
Montaje del circuito:Coloque a los sujetos enfrente de usted y plantee la cuestión (ejemplo: ¿Existe algo innegable?).
Precaución: puedes provocar un agudo dolor de cabeza a los sujetos del experimento.
Esquema del montaje del circuito
Medidas:Una vez hecha la pregunta, analizar las primeras respuestas de los sujetos. Normalmente, no habrá ninguna contestación correcta hasta pasada por lo menos media/una hora.
Si realiza esta práctica correctamente, experimentará eufóricas dosis de diversión gracias a las caras de desconcierto de los sujetos. Es posible que usted no sea capaz de parar de reírse al ver cómo reaccionan los sujetos ante la terrible comedura de coco planteada.
P.D.: no les dé la respuesta al terminar el experimento, y probablemente los sujetos de pruebas no podrán conciliar el sueño esa noche.
Esta práctica ha sido diseñada con la colaboración de mi profesor de filosofía y sus clases sobre el Principio de no contradicción.
Jorge G.
Objetivo:Cálculo del índice de rallamiento de cabeza y estimación de la capacidad filosófica de un conjunto de sujetos de pruebas. Este grupo pueden ser amig@s, padres y/o hermano(s), etc.
Material a emplear:-Grupo de personas.
-Una pregunta filosófica (que sea lo suficientemente rallante).
-Tiempo, mucho tiempo.
Montaje del circuito:Coloque a los sujetos enfrente de usted y plantee la cuestión (ejemplo: ¿Existe algo innegable?).
Precaución: puedes provocar un agudo dolor de cabeza a los sujetos del experimento.
Esquema del montaje del circuito
Medidas:Una vez hecha la pregunta, analizar las primeras respuestas de los sujetos. Normalmente, no habrá ninguna contestación correcta hasta pasada por lo menos media/una hora.
Si realiza esta práctica correctamente, experimentará eufóricas dosis de diversión gracias a las caras de desconcierto de los sujetos. Es posible que usted no sea capaz de parar de reírse al ver cómo reaccionan los sujetos ante la terrible comedura de coco planteada.
P.D.: no les dé la respuesta al terminar el experimento, y probablemente los sujetos de pruebas no podrán conciliar el sueño esa noche.
Esta práctica ha sido diseñada con la colaboración de mi profesor de filosofía y sus clases sobre el Principio de no contradicción.
Jorge G.
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